EXPERIENCIAS INTERCAMBIO BARI, ITALIA

Durante mi participación en el proyecto Erasmus en Italia, concretamente en Bari, en Casa Nazaret cerca de Cassano delle Murge, he vivido una experiencia muy enriquecedora tanto a nivel personal como educativo.

El objetivo principal del proyecto era la creación de una película en tan solo dos días, lo que supuso un gran reto que afrontamos en equipo.

Durante los primeros días realizamos diversas dinámicas de grupo que fueron fundamentales para conocernos mejor.

Estas actividades nos permitieron interactuar con todos los participantes, ya que los grupos cambiaban constantemente, lo que facilitó la creación de un ambiente muy unido y cercano entre todos.

He tenido la oportunidad de convivir y trabajar con personas de países como Holanda, Irlanda, Serbia e Italia, lo que ha hecho que la experiencia sea aún más enriquecedora. La comunicación se realizaba principalmente en inglés, lo que me ha ayudado a mejorar mucho mi nivel y a ganar confianza a la hora de mantener conversaciones de forma fluida.

Uno de los aprendizajes más importantes ha sido el valor del trabajo en equipo, especialmente en un grupo tan grande y diverso. Me ha impresionado mucho cómo, en tan pocos días, personas que no se conocían han conseguido crear un vínculo tan fuerte, llegando a sentirse como amigos de toda la vida, además de lograr crear juntos una película.

Esto no habría sido posible sin la ayuda y el apoyo de los coordinadores.

Al principio, uno de los principales retos fue la comunicación con personas de diferentes países, pero gracias a las dinámicas de grupo, esta dificultad se superó rápidamente. Otro gran reto fue la propia realización de la película, que requirió organización, creatividad y colaboración por parte de todos.

Recomiendo totalmente este tipo de proyectos, ya que no solo te permiten conocer gente nueva y crear vínculos muy especiales, sino también vivir experiencias únicas, mejorar habilidades personales y tener la oportunidad de viajar y descubrir lugares increíbles. Antonio


Si me hubieran dicho el primer día todo lo que iba a vivir aquí, probablemente no me lo habría creído. Venía con la idea típica de «ir a clases de inglés», pero lo que me llevo de vuelta a casa es algo mil veces mejor. Ha sido una de esas experiencias que te cambian un poco el chip y te hacen ver las cosas de otra manera.

Lo que más me ha flipado han sido las dinámicas de grupo. Estaba acostumbrado a estudiar gramática delante de un libro, pero aquí todo ha sido diferente. Entre los juegos, las competiciones por equipos y las actividades locas que nos preparaban, al final acabas hablando inglés sin pensarlo.

Al principio me daba un poco de corte soltarme, pero las mecánicas de grupo te obligan a comunicarte para que tu equipo gane o para sacar adelante el reto.

He aprendido más expresiones y vocabulario útil en las risas durante las actividades que en años de academia.

Otra cosa increíble ha sido el choque cultural, pero en el buen sentido. He convivido con gente de sitios superdistintos y eso te abre la cabeza un montón. Me ha encantado descubrir que, aunque uno sea de una punta del mundo y yo de otra, al final nos reímos de las mismas tonterías y escuchamos la misma música. He aprendido de sus costumbres, de su comida y de su forma de ver las cosas, y eso es algo que no te enseña ningún diccionario.

Lo mejor ha sido darme cuenta de que el inglés no es solo una asignatura, sino la herramienta que me ha permitido conocer a personas increíbles con las que, de otra forma, nunca habría podido hablar.

Pero si me tengo que quedar con algo, es sin duda con los nuevos amigos. Es loco cómo en tan poco tiempo puedes conectar tanto con alguien. Hemos pasado de no saber ni nuestros nombres a ser inseparables en las actividades, apoyarnos cuando algo no nos salía y morirnos de risa en los ratos libres.

Me llevo recuerdos de momentos muy top: las bromas internas del grupo, los nervios antes de una actividad difícil y esas charlas por la noche donde arreglábamos el mundo. Sé que ahora tengo amigos en un montón de sitios y ya estamos planeando cómo vernos en el futuro.

Me lo he pasado en grande. Me voy con la sensación de que he aprovechado el tiempo a tope. He mejorado mi inglés, sí, pero sobre todo me llevo una mochila llena de experiencias, una visión del mundo mucho más grande y, sobre todo, a gente que ya es muy importante para mí.

Gracias a todos por hacer que esto haya sido inolvidable. Hugo

Hay experiencias que sabes que van a ser buenas antes de vivirlas. Y luego están
las que te cambian sin pedirte permiso.
Cuando salí de Bollullos de la Mitación junto a Hugo, Antonio Pilar y Antonio
Salado rumbo a Italia, llevaba la mochila cargada y la cabeza llena de preguntas.
¿Cómo íbamos a comunicarnos con gente de cinco países distintos? ¿Cómo se
rueda un cortometraje en dos días con personas que no conoces de nada? ¿Y qué
se supone que es el éter?
Ninguna de esas preguntas importó demasiado una vez que llegamos a Casa
Nazaret, en Cassano delle Murge. Porque lo primero que aprendes en un
intercambio así es que las barreras que te inventas en casa se deshacen solas en
cuanto te sientas en un círculo con treinta personas dispuestas a crear algo
juntas.
El proyecto se llamaba S.H.O.T. — Show your Heart on Tape — y el reto era
mayúsculo: escribir, rodar y editar un cortometraje en dos días, en mitad de los
paisajes de Bari, junto a jóvenes de España, Italia, Irlanda, Serbia y Países Bajos
que hasta ese momento eran completos desconocidos. El resultado fue Nazhora
un viaje a través de cinco elementos: fuego, agua, tierra, aire y éter. A mí me tocó e
aire.
Pero el momento que más recuerdo no fue delante de la cámara. Fue antes. Fue
cuando nos sentamos todos a pensar qué historia queríamos contar, y cada uno
fue poniendo sobre la mesa un trozo de sí mismo: una idea, una imagen, una
emoción. Alguien de Serbia proponía algo que al principio no entendías, y
entonces te esforzabas por entenderlo, por meterte en su cabeza, por ver el
mundo como él lo veía. Y de repente encajaba. Y lo que parecía imposible — que
treinta personas de culturas y lenguas completamente distintas construyeran alg
juntas en dos días — empezaba a tener forma.
Nos comunicábamos en inglés, con el nivel que teníamos, que no era mucho. Sin
internet en la zona, el traductor no era una opción. Así que tocaba buscarse la
vida: palabras más simples, gestos, risas ante los malentendidos y seguir
adelante. Y en esa precariedad comunicativa pasó algo curioso: nos entendimos
mejor que con cualquier herramienta.
Me llevo de Italia cosas que no estaban en el programa. He mejorado mi inglés en
situaciones reales, he aprendido sobre grabación y edición, pero sobre todo he
aprendido que soy capaz de abrirme con personas que no conozco de nada, de
confiar en un equipo formado en horas, de sentirme en familia a miles de
kilómetros de casa. Durante esos días éramos una familia llegada de todos los
rincones de Europa. Y eso no se enseña en ningún aula.

Sergio

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *