Realizar mi voluntariado en un aula específica ha sido una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras que he vivido durante mi formación como futura docente. Desde el primer día aprendí que cada niño tiene una forma única de comunicarse, aprender y relacionarse con los demás, y que nuestro papel como educadores es adaptar la enseñanza a sus necesidades para que puedan desarrollar al máximo todas sus capacidades.
Durante este tiempo he aprendido a trabajar con niños con trastorno del espectro autista (TEA) y otras discapacidades, comprendiendo la importancia de establecer rutinas, utilizar apoyos visuales, adaptar las actividades y respetar el ritmo de aprendizaje de cada alumno. También he descubierto que, con paciencia, cariño y dedicación, es posible crear un ambiente en el que los niños se sientan seguros, felices y motivados para aprender

Además, he aprendido a valorar el trabajo que realizan todos los profesionales que forman parte del aula específica. Gracias a ellos he adquirido nuevas estrategias educativas, he mejorado mi capacidad de observación y he comprendido la importancia del trabajo en equipo y de la colaboración con las familias para favorecer el desarrollo integral de cada niño.
Sin duda, este voluntariado ha reafirmado mi vocación por la educación inclusiva y me ha hecho crecer tanto a nivel profesional como personal. Me llevo grandes aprendizajes, recuerdos inolvidables y la satisfacción de haber compartido momentos únicos con unos niños que me han enseñado tanto o más de lo que yo he podido aportarles. Esta experiencia ha despertado en mí el deseo de seguir formándome para poder ofrecer siempre una educación basada en el respeto, la inclusión, la empatía y el amor hacia cada alumno. Me siento muy orgullosa de todo lo que he aprendido y sobre todo de ver como mis niños poco a poco van consiguiendo todo lo que se proponen.

